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Hombres y mujeres, ¿somos iguales?

Me criaron para creer que la excelencia es la mejor forma de disuadir al racismo o al sexismo. Y así es como yo funciono en la vida, Oprah Winfrey.

Las mujeres que buscan ser iguales a los hombres carecen de ambición, Timothy Leary.

La igualdad de género es más que un objetivo en sí mismo. Es una condición previa para hacer frente al desafío de reducir la pobreza, promover el desarrollo sostenible y la construcción de un buen gobierno, Kofi Annan.

Hay una corriente cultural de lo “políticamente correcto” que ha pretendido que las diferencias reales existentes entre ambos géneros no sean más que las obvias. Así, se cree que pretendiendo negarlas se conseguirá más igualdad y prevenir la discriminación e, incluso, la violencia de género.

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Permíteme decirte que estoy en desacuerdo, pero ciertamente debemos cuidar no solo nuestro lenguaje sino también nuestra actitud y comportamiento para que no sean sexistas. ¿A qué nos referimos más concretamente? ¿Qué debemos evitar a toda costa?

  1. No cuentes chistes sexistas: “¿Qué hay que hacer para extender la libertad de una mujer? ― Pues basta con ampliarle la cocina”. En este ejemplo, bien vale el dicho: más vale caer en gracia que ser gracioso.

  2. Evita los refranes sexistas: “La mujer y la sardina, en la cocina”; “El hombre propone, Dios dispone y la mujer todo lo descompone”; “No llores como una mujer, lo que no has sabido defender como un hombre”.

    Utilizar chistes o refranes sexistas, poner fotos sexuales explícitas en tu escritorio u oficina no es solo de mal gusto, ciertamente podemos incomodar y ofender a nuestras compañeras, empleadas y amigas. Estamos creando un ambiente hostil y, en consecuencia, complicando y entorpeciendo nuestras relaciones personales, sociales y profesionales. Se consciente de la importancia del lenguaje, sobre todo, en aquellos casos en los que se muestra una actitud negativa hacia la mujer.

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  3. Los medios de comunicación y la publicidad ayudan a perpetuar la desigualdad de género. Los hombres son generalmente presentados como más activos, competentes y mejor valorados que las mujeres en un buen número de actividades. Por el contrario, a las mujeres se las muestran en roles más pasivos o de apoyo y soporte.

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  4. Evita el uso discriminatorio del lenguaje. Utiliza una barra al comienzo de una carta o correo electrónico: Sr./Sra., Sr./a., Don/ña. En un texto administrativo, examen, etc. podría utilizarse la forma: Nombre y apellidos.

    Emplea desdoblamientos (en general no se permite la @: niños y niñas, hombres y mujeres, alumnos y alumnas, señores y señoras), así como, utiliza pronombres y determinantes sin género (“los que no hayan aprobado…” cámbialo por: “quienes no hayan aprobado…”).

    Evita genéricos masculinos: alumnos, profesores, niños, el ciudadano, el hombre, los electores, etc. y sustitúyelos por: alumnado/estudiantes, profesorado, la infancia, la ciudadanía, el ser humano/la persona, el electorado.

    Usa el femenino en los títulos académicos y profesionales: diplomada, arquitecta, médica, licenciada, etc. Caso distinto sucede con las profesiones tradicionalmente vinculadas con la mujer que refuerzan el estereotipo machista; así, por ejemplo, cocineras, limpiadoras y secretarias se podrían sustituir por: personal de cocina, limpieza y secretaría.

    Alterna el orden de los géneros, es decir, no siempre el masculino debe anteponerse al femenino: madres y padres, señoras y señores.

  5. Evita los términos y expresiones misóginas y denigrantes: coñazo, maruja, cojonudo, zorra, perra, maricón, marimacho, etc.

Podríamos seguir pero prefiero indicarte que conviene situarse en un punto medio entre aquellos que no comprenden que el lenguaje es muy importante para cambiar la realidad o mantener el status quo, el poder y la discriminación de ciertos grupos sobre otros y aquellos que llegan hasta tal extremo que nos exigen expresarnos de un modo que raya lo absurdo y el ridículo. El ejemplo que expone G. A. Megido en La Nueva España, 2004 es muy esclarecedor:

Los alumnos y alumnas evaluados y evaluadas positivamente, y todos y todas cuantos y cuantas acreditaron formación suficiente serán notificados y notificadas fehacientemente.

Sin embargo, tampoco debe confundirse el luchar contra la desigualdad de género y la discriminación sexista con no reconocer, valorar y celebrar las diferencias. Estas nos permiten aprender y crecer: ellos de ellas y ellas de ellos.

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Entre estas diferencias se encuentran que los hombres son más violentos físicamente (a finales de 2010 la población reclusa en España se situaba en 73.929 personas, nueve de cada diez internos eran hombres, un 92.17%), presentan un menor rendimiento académico (“Reconozcámoslo abiertamente: el desastre del elevado fracaso educativo español y el abandono escolar temprano son un asunto esencialmente masculino. Sin la abultada contribución de los varones a ese descalabro […] las alumnas españolas no estarían muy por debajo de la media educativa de los países de la OCDE. […] Más del 80% de los alumnos conflictivos suelen ser chicos”, El País, 26/8/2011) y tienen un mayor apetito sexual.

El mayor deseo sexual masculino puede demostrarse, por ejemplo, en que la prostitución es el oficio más antiguo del mismo, presente en cualquier sociedad. La prostitución es ejercida, mayoritariamente, por mujeres; los hombres son minoría y su clientela es, en contra de lo que algunos creen, fundamentalmente masculina. La promiscuidad masculina queda reflejada en numerosos estudios y expresada elocuentemente en citas como: “Las mujeres necesitan una razón para tener sexo. Los hombres solo un lugar,” Billy Crystal y “Una mujer quiere mantener intensas y frecuentes relaciones sexuales con el hombre al que ama. Un hombre solo quiere frecuentes relaciones sexuales,” Por qué los Hombres no escuchan y las Mujeres no entienden los mapas, Allan y Barbara Pease.

En un estudio clásico pero muy revelador, chicos y chicas “guaperas” se acercan a estudiantes diciéndoles: “Te he estado observando en el campus y te encuentro muy atractivo/a” y le plantean una de estas tres proposiciones: “¿Te gustaría salir conmigo esta noche?”, “¿Vendrías a mi apartamento esta noche?” y “¿Te acostarías conmigo esta noche?" No hay grandes diferencias en la respuesta a la primera pregunta por género, lo que demuestra que, ciertamente, los sujetos que hicieron las preguntas eran atractivos/as. Sin embargo, a partir de aquí, las diferencias se acentúan notablemente. Casi ninguna mujer aceptó ir al apartamento y ninguna mantener relaciones sexuales.

Muy al contrario, la gran mayoría de los hombres estaban dispuestos a tener relaciones sexuales con desconocidas. Los pocos varones que dijeron que no, incluso respondieron con excusas: “Estoy casado”, “Salgo con otra”, etc., Gender Differences in Receptivity to Sexual Offers, Rusell D. Clark y Elaine Hatfield, 1989.

Por lo general, los hombres tienen mayores habilidades espaciales, motoras y resuelven mejor problemas de razonamiento matemático (esta última muy debatida). Las mujeres tienen más facilidades para aprender idiomas y mayor capacidad lingüistica. Todas estas diferencias son lógicas desde un punto de vista evolutivo, ellos realizaban labores de mayor exigencia física como la caza, la defensa del territorio y la obtención de alimento mientras ellas se dedicaban al cuidado de la casa y los niños, Kimura D., Human sex differences in cognition, fact, not predicament.

Los hombres asumen más riesgos Por ejemplo, en el terreno sexual tienen más parejas sexuales y son más reacios al uso del condón. Obviamente, no es un ejemplo a seguir precisamente. Sin embargo, en algunos contextos, fundamentalmente profesionales, científicos y deportivos es importante una actitud emprendedora, tomar riesgos calculados, a pesar de la incertidumbre y de no tener disponible toda la información, para poder progresar, ganar y dar saltos cualitativos en el conocimiento.

Las mujeres son mejores en la escucha activa, en la comunicación no verbal y en la empatía, lo que las hace más eficientes en la comunicación interpersonal. Cuando la mujer/chica cuenta a su esposo/novio algún problema, con todo lujo de detalles, esperando su escucha activa y compresión, normalmente se encuentra que este se desespera o enfada, trata de reducir lo accesorio y periférico. En otras palabras, busca centrarse en lo esencial, para hallar las causas y así ser capaz de plantear las soluciones. Sin embargo, él no se ha dado cuenta de que eso no es lo que su mujer/chica necesitaba, ella solo realmente quería empatía, que la escuchase con atención y cariño, sentirse querida.

Cuando un hombre puede escuchar los sentimientos de una mujer sin enojarse y sentirse frustrado, le esta ofreciendo a su mujer un regalo maravilloso. Hace que ella se sienta segura al expresarse. Cuanto más pueda ella expresarse, mas escuchada y comprendida se sentirá y tanto más estará en condiciones de brindarle al hombre la confianza, la aceptación, el aprecio, la admiración, la aprobación y el aliento que este necesita, John Gray.

Aquí ellos pueden aprender de ellas a mejorar su estilo de comunicación, lo que les permitirá construir relaciones más significativas y satisfactorias. Necesitan escuchar paciente y activamente, utilizar eficazmente la comunicación no verbal (por ejemplo, mira a tu pareja a los ojos y siéntate ligeramente inclinado hacia ella), así como, demostrar comprensión y empatía.

Muchos se preguntan entonces si es posible, en este mundo loco y hedonista, mantener una relación estable cuando existen tantas diferencias entre ellos y ellas. Quizás, la mejor respuesta la encontramos en el libro, ya clásico, “Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus” del genial John Gray:

Cuando los hombres y mujeres son capaces de respetar y aceptar sus diferencias, el amor tiene entonces la oportunidad de florecer… Al comprender las diferencias ocultas del sexo opuesto, podemos dar y recibir con más éxito el amor que está en nuestros corazones.

Para mantener una relación de pareja estable, ellos deben aprender a escuchar más, hablar menos, y mostrar más empatía y comprensión. Por otra parte, ellas deben procurar dejarles espacios para estar solos “en sus cuevas” cuando están mal, cansados, agobiados, etc., comprender sus necesidades de sentirse respetados, aceptados y valorados, y proporcionarles más tiempos de intimidad (estamos hablando de matrimonios o relaciones estables).

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